A pesar de no ser su petición esta es una historia que creo le va a encantar a una persona que lee el blog. La historia y las imágenes surgieron casi de manera instantánea al acercarme al teclado. Ojala les guste esta pequeña historia.
Les sigo recordando que aun pueden dejar su petición en los comentarios de la publicación pasada. No sean tímidos, compartan sus ideas. Eso es todo por hoy, me despido y disfruten de la historia.
Fue un error
Fue un error la
primera vez cuando acepte a cambiar de cuerpo con mi suegra, ella no quería
estar en la fiesta de piscina con su esposo y me pidió que la cubriera. Su
traje de baño de una pieza rosa me hizo el blanco de miradas de todos los
amigos de mi suegro. Sentía como me desnudaban con sus ojos, sentía el deseo
dentro de ellos, sentía el pene de mi suegro cuando se me arrimaba, por suerte
regresamos en la noche antes de hacer algo más.
Fue un error la
segunda vez que cambie de cuerpo con mi suegra. Ella quería ir a ver una nueva
película con su hija así que ella fue con ella (sin que supiera del cambio)
mientras que yo me quedé en casa. Era un día muy caluroso y su piscina me
llamaba, decidí darme el gusto y fui por un traje de baño.
No encontré su
traje de una pieza rosa así que tuve que usar uno amarillo que no dejaba nada a
la imaginación. Tomar el sol, presumir mi cuerpo frente al vecino y encender a
mi esposo. Esta vez ella no llego a tiempo, mi suegro me llegó a la recámara y
me dio como cajón que no cierra. Es una suerte que este no sea mi cuerpo porque
lo hicimos sin condón y me dejó toda su leche dentro de mí. Odiaba admitirlo,
pero me gustó mucho.
La tercera vez
que cambiamos no fue un error, mi suegra llevaba semanas planeando su salida
con sus amigas a los Cabos. No paraba de hablar de ello a todas horas, yo
envidiando su viaje cambie nuestros cuerpos en contra de su voluntad cuando estaba en el avión a varias
millas de altura.
Estar en la
playa con sus amigas, usando un bikini multicolor y tanga negra con una línea
amarilla, calentando a jóvenes en la playa.
Tomarme fotos
con sus amigas, platicar de los chismes del barrio, de nuestras hijas y de
nuestros maridos. Sentir las olas golpeando mi cuerpo, sentir la arena llegando
a parte que no sabía que tenía. Tomar cocteles “femeninos”, bailar y perrear
como una zorra vieja lado a lado con señoras maduras. Las mujeres ahí de mi
edad no me atraían nada mi vista estaba en los hombres peludos que posaban en
la barra viéndonos el trasero a mis amigas y a mí.
Ignoraba las
llamadas de mi antiguo número, lo bloquee. No quería que interrumpiera mi
momento de felicidad. Era como si yo perteneciera a ese mundo, yo era una mujer
de 52 años atrapada en el cuerpo de un hombre de 22. Yo debía de ser una mujer
madura, está era la vida que siempre quise.
La cuarta vez que cambie de cuerpo con mi suegra fue la última. Lo siento por
ella, pero está ahora es mi vida, ella puede ser mi yerno si quiere, salir con
su hija para no alejarse de la familia, pero ahora yo soy la mujer de la casa,
la que tiene una hija sexy y un marido bien dotado al que le gustan las mamadas
y darme por las noches sin descanso.
Ahora me
encuentro descansando de nuevo en la playa con mi hermana. Esta recién
divorciada y busca un hombre que la complazca. Ojalá al hombre que encontremos
le gusten los tríos porque yo también quiero que me cojan este fin.
Mi destino
siempre fue ser una señora mayor. Platicar con mi hija, cuidarla y quererla no
como novio sino como madre. Usar vestidos, faldas, maquillarme e ir al yoga con mis amigas de mí misma edad. Hacer los quehaceres de la casa y complacer a mi
marido siempre que quiera. Ser una mujer madura es mucho mejor que ser un joven de 22. He perdido
años de vida, pero los que me restan me espera la mayor felicidad que una mujer
podría desear.
Fue un error no
darme cuenta antes de esto.
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