Hoy vengo con el final de la historia. Como explique en la anterior parte de la historia intente ser lo más históricamente (y culturalmente) exacto. No estaba seguro si disfrutarían la historia, pero si alguien tiene un comentario, bueno o malo, me gustaría saberlo. Solo así puedo mejorar. Menos blablabla y mejor los dejo con el resto la historia.
Parte II
En las tierras
desérticas de Africa en el siglo XX, mucho antes de la civilización moderna,
antes de llenar la atmosfera de satélites que ensucian el cielo se podía
observar el firmamento en su máximo esplendor.
La niña sentada
en lo alto de una duna pensando en su vida. Hacía casi 4 años era un hombre
americano llamado John, orgulloso de su herencia termino atrapado en este
cuerpo y en esta tierra. El tiempo erosiono poco a poco su antigua vida, ahora
su nombre era Uahenisa.
Ya ni siquiera
se consideraba un “él”, era una “ella”. Su piel rojiza por el otjize hacía
resaltar aún más su piel negra natural. El racista dentro de él odiaba cada
segundo en ese cuerpo, pero no podía hacer nada para cambiarlo y además tenía
otras preocupaciones.
Estaba
nerviosa, el día de mañana su esposo la tomaría y se convertiría oficialmente
en una mujer completa para el pueblo OvaHimba. Había logrado posponer ese día
los últimos 4 años, pero sabía que 18 era el límite. Iba a quedar embarazada lo
sabía y no estaba preparada para ello.
Se fue a este
lugar alejado de la tribu en la noche no para escapar, porque sabía que era
imposible, sino para hablar con Muruku, el Dios de esta tribu. Considerado
bondadoso por hombres, mujeres, niños y ancianos por igual pero que requería
que tus ancestros intercedieran para poder hablar con él. Uahenisa no tenía a
nadie, estaba sola esperando el favor de un dios que no conocía esperando
salvación.
—Por favor
Muruku te lo pido. Estoy sola suplicando a tus pies. Por favor ayúdame —gritaba a los cuatro vientos.
Una niebla
salida de la nada empezó a rodear a la chica, al principio tuvo miedo, pero
después entendió que sus suplicas fueron escuchadas.
Puedo observar
una hoguera a lo lejos casi imperceptible. Con mucho cuidado camino para
acercarse poco a poco hasta poder dar con la entidad que estaba ahí,
esperándola.
—Hija mía te
estaba esperando —dijo en un perfecto ingles que por alguna razón entendía.
El lenguaje que
hablaba era lo que menos le sorprendía, gracias a la luz de la hoguera pudo ver
la forma de Muruku, no era un ser omnipotente o espiritual. Era un hombre
americano moderno con barba y de unos 37 años. Tenía la misma forma que el
cuerpo original de John Miller.
—¿Cómo es
que…?
—No tengo forma
física, nunca me muestro a nadie de la tribu, normalmente me comunico con ellos
por medio de sus ancestros, pero hice la excepción contigo. Tome una forma
conocida para no asustarte.
La niña/casi
mujer se acercó y se sentó junto al fuego sin saber que decir.
—Yo sé que es
lo que buscas, pero me gustaría que tu misma lo dijeras —dijo Muruku.
—Puedes
regresarme a mi cuerpo y a mi tiempo por favor oh gran dios Muruku.
El dios con
forma de John se le quedo mirando y después de un suspiro respondió.
—Me gustaría
hacerlo, pero no puedo. Esto no fue una maldición o algo mágico fue algo
terrenal. Me temo que no puedo hacer mucho por ti. Solo puedo darte mi
bendición para que puedas vivir una vida digna de ahora en adelante.
—No puedes
hacer esto —grito llorando— no soy una mujer negra, por favor quiero ser
un hombre blanco de nuevo, devuélveme mi cuerpo.
Para cuando
termino la frase la niebla, la hoguera y el dios se habían ido, dejándola sola
para afrontar la realidad.
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Vagando por la
aldea iba una mujer caminando con su pequeña cría. Acababan de regresar de los
limites con una buena cantidad de agua y leña para la comunidad. Sin embargo,
también debía de ordeñar al ganado ese día.
Tenía suerte
que Mukaandere y sus amigas hubieran accedido de cuidar a su hijo Kuzovandu. El
pequeño niño de 4 años no se quería separar de su madre ni un instante, pero
sabía que debía de acostumbrase pues la crianza de los niños era compartida con
todas las mujeres de la tribu.
Uahenisa aun no
creía que fuese ya una madre, el antiguo hombre blanco era ahora una madre
negra joven y no lo cambiaría por nada del mundo.
Hacía ya un año
se había divorciado de su marido, en esta tribu era normal el divorcio por lo
que en cuanto pudo logro separarse de esa unión. Si iba a vivir como una mujer
el resto de su vida entonces viviría como una mujer libre o por lo menos eso
creía.
Los primeros
días fueron difíciles, pero en la tribu todos la apoyaron incluido su ex
marido, había logrado acostumbrarse a sus labores de la aldea. Su cuerpo había
cambiado no solo por el tiempo sino por el embarazo. Pero lo raro de eso es que
poco a poco lo empezó a considerar su cuerpo real.
Uahenisa pude
vivir así el resto de sus días, nada se lo impedía y ese era el plan hasta que
conoció a Kazenhoro.
Era un hombre
de los otros poblados de unos 30 años, era alto, con la piel más negra que
había visto en su vida y con músculos enormes. Al racista dentro de él le dio
asco solo de verlo, pero su cuerpo pensaba otra cosa. Se mojo la primera vez
que lo vio.
Odiaba
admitirlo, pero se tocaba las noches pensando en él. Incluso llego a pelear con
otras mujeres por su atención.
Cuando logro
entablar una conversación con él se encontró con una persona sumamente lista y
llena de conocimiento. Platicaron por horas desde el amanecer hasta el
anochecer, lo mismo el día siguiente, y el siguiente después de ese. Cuando se
dieron cuenta hablaban todos los días.
Tjiwone quien
fue su madrina en su boda ya hacía 8 años un día se le acerco.
—¿Cuándo es
la boda? —pregunto.
Uahenisa casi
se atraganta al escuchar eso.
—Sabes que
es un semental, si no te apresuras otra mujer de la aldea te lo quitara,
incluyéndome.
Sabiendo que
esas palabras eran ciertas la mujer uso las pocas mañas que había aprendido
para atarlo a su vida.
Una noche lo
invito a su choza, Kuzovandu, su hijo, estaba al cuidado de otra mujer por esa
noche.
Esa fue la
primera de muchas noches en donde hicieron el amor, tierno, duro y sensual.
Penetraban duro a Uahenisa y ella gritaba pidiendo por más. Cualquier persona
en la aldea no podía dormir al escucharla gemir por las noches.
Tiempo más
tarde la noticia que estaba esperando llego. Estaba embarazada.
—Uahenisa te
amo con toda mi vida. ¿Te casarías conmigo? —fueron las palabras del semental a
la mujer color rojizo.
—Kazenhoro
te amo más que a mi vida. No puedo esperar a pasarla contigo el resto de la
eternidad.
Los
preparativos fueron rápidos, con una panza de 3 meses de embarazo Uahenisa se
volvió a casar una vez más, pero esta vez con un hombre que amaba de verdad.
Tjiwone volvió
a ser la dama de honor, su ex marido apoyo con ganado y su hijo fue el
encargado de llevar las flores.
La vida era
perfecta y no podía ser mejor, aunque quisiera. Atrás quedaba el hombre que
alguna vez fue, ahora era una mujer negra de la tribu OvaHimba orgullosa de
pertenecer ahí.
Epilogo.
Al principio de
su nueva vida Uahenisa pensó que era un castigo por ser un hombre racista pero
ahora llegando al ocaso de su segundo renacimiento se ha dado cuenta que fue un
regalo del universo para poder ver la vida de otra manera.
Con 70 años era
la matriarca de la comunidad, la mujer más sabia del lugar y era querida y
respetada por todos por igual. Su matrimonio fue frutífero y llego a tener
otros 6 hijos más, ahora todos habían crecido y tenido hijos. Era madre, abuela
e incluso bisabuela. Ella le enseño a sus hijas sobre como ser una mujer en la tribu,
así como Tjiwone se lo enseño a ella hace tantos ayeres.
Vivió
felizmente con Kazenhoro hasta que este partió del mundo de los vivos hace 4
rotaciones de sol. Le dolió mucho la perdida e incluso llego a considerar la
muerte, pero con el apoyo de su tribu logro sobreponerse.
Este día es el día
de su aniversario, el día que renació. Regreso al mismo lugar en el que
despertó hace tantos años. Iba sola, quería un momento a solas.
Junto varias
ramas para hacer una hoguera y prendió fuego en medio de la noche, las
estrellas iluminaban como el primer día. Nunca supo en que año estaba, no sabía
si había llegado al “presente”.
Una neblina
cubrió poco a poco la hoguera y la rodeo a ella como la ultima vez, pero en
lugar de ver a Muruku en su antiguo cuerpo (que ahora apenas recuerda) ve de
nuevo a su difunto esposo, Kazenhoro.
—Muruku te
manda saludos. Dice que se alegra que tengas a alguien que te cuide desde el
más allá.
—Tan dulce
como siempre. Al principio dudé que fuera bondadoso, pero con el tiempo le creí.
—Le
sorprende que me hayas contado la verdad a mi sobre el antiguo tu.
—No iba
guardarte un secreto tan importante. Eras mi esposo, tenías que saber la verdad
tarde o temprano.
—No importa
quien fueras, siempre te ame.
—Me hubieras
amado, aunque fuera un hombre blanco racista.
—No creo que
esos gemidos que gritabas todas las noches fuera algo quie haría un racista.
Disfrutaron la
compañía del otro en silencio un rato más.
—¿Ahora qué?
—pregunto Uahenisa.
—Él te da
dos opciones. La primera es regresarte a tu verdadero cuerpo. Dice que ahora es
capaz de hacerlo.
—Muy
tentador, ¿y la otra?
—Puedes
renacer como una niña de la tribu una vez más.
Parecía una
elección difícil, o bueno difícil para John, pero para Uahenisa la respuesta
era clara.
—Solo espero
ser una niña hermosa con la piel más oscura del mundo.
FIN.
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